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martes, 24 de julio de 2007

Petropolítica: la política de la Edad de Piedra

Por Fernando Iglesias *(para la Revista Noticias)

Las mayores amenazas al mundo post-industrial y global provienen de un decrépito orden nacionalista e industrialista intrínsecamente dilapilador y contaminante y tendiente al militarismo.

Un breve vistazo a las mayores fortunas del planeta, encabezadas por productores de programas informáticos, especuladores financieros, propietarios de medios de comunicación y magnates de Hollywood, permite comprender que la generación de riqueza está pasando de una fase hardware, en la que el valor se generaba produciendo objetos mediante el trabajo manual, a una fase software, en la que predomina el trabajo intelectual. De Henry Ford a Bill Gates, en un mundo postindustrial dedicado a la creación y manejo de informaciones, conocimientos, diversidad cultural, comunicación, innovación y emociones, el cambio registrado en lo que Marx hubiera denominado el "modo de producción" ha sido increíblemente rápido: bastante menos de un siglo entre el Ford T y la primer PC. Un soplo en la historia de la humanidad.

Ya para 1980, Alvin Toffler sostenía que el conflicto entre capitalismo y comunismo era una disputa transitoria dentro de una misma civilización industrial, y profetizaba que dejaría paso a la verdadera lucha política del futuro: un megaconflicto de dimensiones planetarias entre los defensores de la segunda ola industrial y los de la naciente tercera ola postindustrial. Toffler tenía más razón de lo que sospechaba, y sin embargo no sería exactamente la industria la que adoptaría la defensa del obsoleto statu-quo nacional-industrial sino la rama más atrasada de la industria, que se ocupa de la provisión de energía para la antigua forma de producción, dependiente de su majestad el petróleo.

Un cuarto de siglo después de la publicación de "La tercera ola" toffleriana, apenas se alza la mirada por encima de las fronteras nacionales se observa que las mayores y más urgentes amenazas al mundo postindustrial y global (el recalentamiento atmosférico, el agotamiento de los recursos no renovables, los conflictos por los recursos energéticos) provienen de un decrépito orden nacionalista e industrialista intrínsecamente dilapidador y contaminante, y tendiente al militarismo y la confrontación. He aquí el origen de la petropolítica.

Dos paradigmas antológicos: petropolítica y sociedad del conocimiento y la información

Nada más lejos de la tan mentada sociedad de la información y el conocimiento que la industria petrolera. Un pozo o un barril de petróleo no valen nada para nosotros si otro se apodera de ellos. Por el contrario, los programas informáticos de una computadora pueden ser copiados sin perder su capacidad original y son más valiosos cuantos más usuarios lo utilicen. Los intangibles productos básicos de la economía de la información son, pues, condivisibles. No importa cuán avaros y monopolistas sean los líderes de la economía de la información: ésta necesita de la cooperación y del bienestar general para producir y vender una riqueza cuya magnitud se potencia con la riqueza de todos, sin que cuenten los orígenes nacionales y sociales. La inteligencia humana en la que está basada es un recurso no contaminante, inagotable, y desligado de potestades territoriales cuya pérdida de centralidad económica ha puesto fuera de juego el modelo de conflicto de la era industrial: la disputa bélica por un territorio y sus materias primas.

No ha habido guerras entre países desarrollados desde que -allá por los sesenta- los trabajadores intelectuales superaron numéricamente a los manuales en las economías avanzadas. En esos países, las unidades económico-políticas se han extendido pacíficamente debido a las exigencias que generaban las nuevas tecnologías y gracias a las posibilidades que creaban. Todas las estadísticas disponibles señalan que no existen ya estados de bienestar en las naciones organizadas bajo modelos nacionalistas-industrialistas, y destacan también que son los países postindustriales y con mayores índices de intercambio global los que tienen los menores índices de desigualdad del planeta. No es casual: toda economía basada en la inteligencia humana supone un alto nivel educativo y una elevada capacidad de trabajar asociadamente, factores indispensables para la redistribución social de la riqueza.

Exactamente lo contrario sucede con las materias primas y el petróleo. Como en todo modelo basado en la explotación de recursos escasos y agotables, en los países extractivos el proceso económico es del tipo suma-cero: la apropiación por parte de unos excluye la de los otros; lo que inevitablemente lleva a la disputa y excluye toda posible cooperación. La extracción de materias primas está, por razones obvias, fuertemente ligada al territorio, y por lo tanto, es tendencialmente generadora de conflictos por su control y por el predominio geopolítico. Esto conduce directamente a la aparición de núcleos de poder petropolítico surgidos de los acuerdos entre los agentes económicos de las corporaciones extractivas y los agentes políticos ligados al comando del aparato militar. Dado que en toda actividad extractiva la intervención de la población en la generación de la riqueza es escasa y de baja calidad laboral, los niveles de bienestar de la población y su capacidad para trabajar cooperativamente son factores de producción irrelevantes. Así, la riqueza generada se acumula inevitablemente en manos de los propietarios privados de los recursos y de las autoridades públicas que poseen el poder de gestionar el acceso y el control de las concesiones.

Es éste el reino en el que la petropolítica, política de la Edad de Piedra en los tiempos de revolución tecnológica, tiene sus dominios. Las teorías del "intercambio desigual" con las que el tercermundismo achacaba todos los males del subdesarrollo a los bajos precios de las materias primas se tornaron irrelevantes después de décadas de subida vertical del precio de petróleo; subida que originó un flujo inconmensurable de riqueza hacia los países de la OPEP sin que las condiciones de vida de sus ciudadanos sufrieran cambios significativos.

El mundo de la petropolítica

Donde domina la petropolítica, el conflicto y la exasperación sustituyen al diálogo y al consenso. Así, la sociedad se divide entre un "nosotros" y un "ellos". El territorio y sus virtudes morales son exaltadas y la disputa por su control adquiere valor metafísico. Sin importar el uso que hagan las castas locales de la riqueza extraída, los extranjeros son presentados como una manada ávida de apoderarse de "nuestros" recursos.

Más allá del discurso que se esgrima desde el poder, la petropolítica lleva a que la riqueza se acumule en pocas manos. La democracia tambalea, si es que existía, o nunca surge, allí donde no la había. A pesar de la retórica incendiariamente nacionalista que sirve para encubrir los intereses reales en juego, la unidad nacional se ve frecuentemente desgarrada, abriendo la puerta a un nuevo esquema destructivo: la guerra intra-nacional por el control de los recursos en forma de guerra civil o étnica; tendencia que amenaza trasladarse hoy desde las arenas del África hasta la gasífera Bolivia.

Fundamentalismos de tipo político y religioso predominan en el universo petropolítico. El mundo se divide en amigos incorporados a la red de reproducción del poder existente y enemigos mortales, buenos sólo para ser destruidos.

Las propiedades ambiguas de los recursos naturales en términos de progreso político y social no sólo han tornado obsoleta la teoría de los intercambios desiguales sino que han dado lugar a la tesis de la "maldición de los recursos naturales", bien apuntalada por el hecho de que países con bajísimos recursos per capita (como Japón) han sido capaces de estructurar sociedades ricas e igualitarias, en tanto otros con elevados recursos naturales por habitante (como la Argentina) se debaten en la pobreza y las desigualdades crecientes. Que Latinoamérica sea el continente con mayor cantidad de recursos naturales por habitante y el de mayor desigualdad del mundo, y que África la siga en ambos rubros, constituye una confirmación directa de la tesis. Se ha comprobado también, en recientes estudios, una elevada correlación entre la suba del precio del petróleo y un empeoramiento de las capacidades democráticas y republicanas en casi todas las naciones petroleras, sin diferencia alguna entre las latinoamericanas, las africanas y las asiáticas, para no hablar de los Estados Unidos de América.

El continente en el que el peso de los recursos naturales en la economía es el más alto –África– es el mismo en el que las masacres generalizadas, los genocidios étnicos, las tiranías seculares y la barbarie tribal alentadas por las corporaciones a la búsqueda de los diamantes de Sierra Leona y el petróleo de Sudán se han convertido en la regla. Lo cierto es que mientras el mundo miraba lo que sucedía en Irak, el más extendido drama humanitario, con millones de muertos y cientos de miles de refugiados, expulsados y exiliados, se verificaba en esa África cuyos recursos naturales son la fuente casi exclusiva de riqueza. La tribalización y militarización de las sociedades africanas ha generado un renovado medioevo donde las lanzas y flechas han sido reemplazadas por ametralladoras y kalashnikovs. Tampoco parece casual que Medio Oriente, la región del mundo en la que el petróleo es el recurso económico por excelencia, sea un centro generador de inestabilidad política, terrorismo e inseguridad energética mundiales, para no hablar de los costos que el consumo irracional de combustibles fósiles tiene en términos de contaminación atmosférica y recalentamiento global.

Los líderes petropolíticos

¿Cuántos millones han gastado las compañías petroleras y sus aliados en financiar las campañas que presentaban mundialmente a la energía nuclear como una opción demasiado peligrosa, y a los biocombustibles y el hidrógeno como fuentes de energía buenas para libros de ciencia-ficción pero de escasa aplicación práctica? ¿Cuántos, en demorar y obstaculizar las investigaciones sobre fuentes alternativas? ¿Cuántos, en impedir el desarrollo de organismos de fiscalización democráticos y globales que pudieran, digamos, establecer una tasa mundial a los combustibles fósiles y dirigir esos recursos al financiamiento de la investigación, desarrollo y aplicación de fuentes renovables y no contaminantes?

Conspiración o no, lo cierto es que vivimos hoy en un mundo completamente diferente al del industrialismo de inicios de siglo pero en el que los combustibles fósiles siguen siendo la fuente básica de energía. Significativamente, el único sector en el que la revolución tecnológica no ha cumplido sus promesas, el energético, ha generado un núcleo petropolítico de atraso global de índole preindustrial y patrioteramente nacionalista que en esta última década se ha extendido como un cáncer. Basta mirar el mapamundi: el primer exportador mundial de petróleo es la Arabia Saudita dominada por una monarquía absolutista de cuya periferia salió Osama Bin Laden; el segundo es la Rusia del ex jefe del KGB Vladimir Putin; el cuarto es el Irán del negador del Holocausto Mahmoud Ahmadinejad; el quinto es la Venezuela del coronel Chávez; el sexto son los feudales Emiratos Árabes; el séptimo es el dinástico Kuwait; el octavo es la devastada Nigeria; el décimo es la Argelia de los hermanos musulmanes degolladores de infieles; el undécimo es el Irak que fue de Saddam Hussein y el duodécimo la Libia que aún es de Muahamar Kadaffi. Compárese esta lista con la de los mayores conflictos bélicos de las últimas décadas y la de los peores regímenes autoritarios y genocidas y se comprenderán las verdaderas dimensiones que asume hoy el reino de la petropolítica.

No es todo. Sintomáticamente, el carácter nacional de las empresas (anacrónica reliquia de los tiempos nacional–industriales) es una característica marcada en el sector petrolero. Tanto Exxon, Chevron, BP y Repsol –del primer mundo– como PDVSA y Petrobrás –del tercero– son corporaciones nacionales. Shell es el máximo infranqueable del cosmopolitismo que han logrado alcanzar las big oil corporations: una compañía binacional. Si esto es poco, cuando se repasa la lista de los productores de petróleo se encuentra en el tercer puesto a los Estados Unidos y en el decimotercero al Reino Unido, naciones cuyas empresas petroleras dominan el mercado mundial y que han liderado la desastrosa invasión de Irak, accediendo así al control de la segunda reserva petrolífera del mundo y generando una suba del precio del petróleo que ha hecho la fortuna del sector petropolítico. ¿Mera casualidad o la demostración de una relación de causa-efecto del que no están exentos los países del mundo avanzado?

La nueva polaridad política global

La petropolítica ha invadido el terreno de las políticas nacionales poniendo al frente de los estados a líderes reaccionarios ligados a poderes corporativos y concepciones nacional-industriales, es decir, antiglobales. No otro es el rol que ha desempeñado en Estados Unidos la dinastía Bush. De los pantanales creados por la petropolítica surgió también la desgracia del que fuera el más prometedor de los líderes del mundo avanzado: Tony Blair.

Cuando se observa que los Estados Unidos son un país escindido en dos mitades (una costera, hiperconectada, cosmopolita, productora de bienes simbólicos, progresista, y en la que ganan casi siempre los demócratas, y una interior, desconectada, nacionalista, productora de bienes primarios, reaccionaria y votante de Bush y los republicanos) no se hace más que comprobar la profecía de Toffler: una lucha mortal por el predominio entre la segunda y la tercera ola. Y como todos las tendencias del mundo moderno, esta tensión entre un industrialismo nacionalista y el mundo postindustrial se ha hecho visible como polaridad política mundial, con los jeques internacionales de la petropolítica enfrentando a una coalición de fuerzas (la Unión Europea, Japón y Canadá, principalmente) favorables a los acuerdos de regulación ecológica y financiera global y al reforzamiento de las instituciones supranacionales (como la misma Unión Europea, la Corte Penal Internacional y la ONU), y fuertemente contrarias al unilateralismo y el militarismo petropolíticos. Y dado que en un mundo global las polaridades políticas se vuelven globales, quien crea que las tensiones provocados por la petropolítica son una cuestión ajena no tiene más que mirar el mapa de una Latinoamérica polarizada por la puja entre el coronel Chávez y sus aliados: sus energéticos compadres Morales y Correa (los tres, presidentes de las únicas naciones sudamericanas en las que la producción de energía es el recurso económico predominante) y el resto de los gobernantes del sub-continente.

En fin, quien piense que la Argentina está fuera de estas tendencias puede observar que por primera vez en la Historia el país tiene un presidente nacido en la región que concentra el 84% de la producción petrolera nacional, o repasar la lista de las provincias en las que una lucha de tipo suma-cero por el reparto de una torta esencialmente petrolera está llevando al conflicto entre los gobernantes que controlan esos recursos y el gremio emblemático de una sociedad basada en el conocimiento y la información: los docentes.

A este preocupante panorama se agregan hoy los planes de "reargentinización" de Repsol-YPF, es decir: el uso del nacionalismo para favorecer un modelo de capitalismo de amigos ligados a las discrecionalidades del poder nacional, lo que garantizará, como siempre, que las ganancias -si las hay- sean privadas y las pérdidas, públicas. En todo caso, más que un paso hacia el futuro la reprivatización de una parte de Repsol-YPF bajo la apariencia de "reargentinización" significaría, previsiblemente, la reafirmación en Sudamérica de un núcleo petropolítico venezolano-argentino aún más autoritario y antirrepublicano que el actual.

* Autor de "Globalizar la democracia".

martes, 29 de mayo de 2007

Algunas frases de Arturo Jauretche

Asesorarse con los técnicos del Fondo Monetario Internacional es lo mismo que ir al almacén con el manual del comprador, escrito por el almacenero.

En el territorio más rico de la tierra vive un Pueblo pobre, mal nutrido y con salarios de hambre. Hasta que los argentinos no recuperemos para la Nación y el Pueblo el dominio de nuestras riquezas, no seremos una Nación soberana ni un Pueblo felíz.

La juventud tiene su lucha, que es derribar a las oligarquías entregadoras, a los conductores que desorientan y a los intereses extraños que nos explotan.

No es posible quedarse a contemplar el ombligo de ayer y no ver el cordón umbilical que aparece a medida que todos los días nace una nueva Argentina a través de los jóvenes... No se lamenten los viejos de que los recién venidos ocupen los primeros puestos de la fila; porque siempre es así: se gana con los nuevos.

sábado, 5 de mayo de 2007

Del circo romano a la política actual: una mirada al paisaje político

Más reflexiones de Honest:

Asimilando a la fuerza, en un verdadero proceso de resignación, los argentinos vamos dejando de lado valores y firmes convicciones, para convertirnos, progresivamente, en un gran ejército de sumisos y quejosos. Comportándonos, por más que nos pese, como animales mal arriados, y no como ciudadanos portadores de una historia y una identidad.

Los políticos argentinos nos tienen bien acostumbrados a demostrarnos que “todo vale”, aunque no todo lo que “valga” sea bueno. Sus acciones se asemejan a las escenas que transcurrían en las arenas del circo romano.Un juego violento con mucho de ritual, con bestias salvajes, hambrientas y sanguinarias, que se enfrentaban a los luchadores para deleite y catarsis de miles de espectadores. Festival de sangre y morbo, el circo romano convirtió a la carnicería de seres humanos y animales en un espectáculo para las tribunas fanatizadas.

Estos personajes reconocidos como políticos, más de mil años después, recrean, en cierto modo, el circo romano: existe un común denominador entre el espectáculo de las campañas para las futuras elecciones y escenario de las arenas. Los políticos, en los desbarnizados enfrentamientos públicos donde vale todo, nos muestran una lucha con sus perversiones moderadas. Este circo no promete sangre, pero sí violencia, desde los simples golpes bajos hasta las denuncias por corrupción, malversación de fondos públicos y asociaciones ilícitas encubiertas detrás de instituciones públicas Se ensucian los unos a los otros hasta convertirse en verdaderos expertos del engaño y parásitos del poder. Asumen características de aves carroñeras que se alimentan de los cuerpos putrefactos que han dejado otros predadores.

Son guiados en sus actos por una sola meta, el poder, por el que luchan cuando no lo tienen, los transforma cuando lo alcanzan, y el objetivo pasa a ser entonces perpetuarse en ese status. Adictos al poder van mutando en peores personas. Verdaderos entes detrás de su único leiv motiv, serán funcionales a la ya instaurada corruptela política, manteniéndola saludable en estas latitudes. Esta corruptela sistémica dirige al país y parasita en todas las instituciones.

Sin embargo la tribuna exacerbada del circo romano, por suerte, no encuentra paralelismo con la ciudadanía argentina. Mientras aquella se fanatizaba, la ciudadanía permanece aletargada, y como aquellos animales que hibernan, observa pasivamente como estos personajes recrean las mismas fatídicas escenas.

Para escapar de este letargo generado por ignorancia, o para conquistarla, lo primero que debemos hacer es ensayar, más bien, intentar delinear un bosquejo de las fuerzas que se tejen en la compleja trama de intereses y factores de poder, dentro y fuera de “la política”. En la actualidad, frases como “la política no me interesa”, “son todos iguales”, “yo no puedo cambiar las cosas”, “y que querés que le haga” y muchas, muchas más, significan lo mismo: la impotencia cediendo lugar a la desidia. Por fuerte que nos pueda parecer, esta epidemia de desidia no distingue credos, estratos sociales, niveles educativos, ni barreras generacionales; ataca por igual, con los mismos fastidiosos síntomas, a profesionales, comerciantes, maestros, empresarios, operarios, jubilados, estudiantes y científicos… Reconocer el flagelo admite la posibilidad de imaginar una solución. Estamos frente a una epidemia de “ignorancia y desinterés” de difícil tratamiento. Sin embargo hace falta una pequeña dosis de responsabilidad cívica para comenzar a sentir, con alivio, la disminución de los síntomas.

En este punto Maquiavelo, que en su magistral obra “El príncipe” nos ilustra sobre los métodos empleados para “reinar”, exime a los gobernantes de la sujeción a principios o normas emanadas de la moral o la ética, pero establece claramente el límite. En el capitulo octavo de su libro, sostiene que aquellos que llegaron al principado por medio de maldades, como la matanza, la traición, la falta absoluta de fe -entre otras-, no alcanzarán ninguna gloria, porque cuando los actos de severidad si son mal usados deberán siempre ir en aumento, multiplicándose día a día, en vez de disminuirse, provocando la consecuente inestabilidad en el poder para el gobernante. Relevando al Príncipe de la moral y de la ética, situación que de por sí nos parece aberrante y no deja de anonadarnos, reconoce límites. El límite que establece claramente Maquiavelo, para interés del Principe, puede ser la clave que advierta a la ciudadanía… Los límites existen, y no todo es igual, ni iguales son todos los políticos, aunque así parezcan.

Se equivocan, mis queridos lectores, si piensan que todo está dicho. DEBEMOS RECORDAR, por sobre todas las cosas, que el poder sigue residiendo y perteneciendo a la ciudadanía toda. De todos depende que las cosas cambien o no. Es nuestra responsabilidad decidir con criterio quién será el representante de los argentinos. No tenemos permiso para desinteresarnos de aquello que nos toca en forma directa como ciudadanos, Debemos tener en claro que los “desinteresados” terminan “comprando” lo que una buena publicidad les venda, y no lo que realmente, por conocimiento, decidan elegir.

De la inacción a la acción hay un sólo paso. Y detrás de una simple acción puede esconderse el CAMBIO.

Esta selva en la que se ha convertido el terreno político, tiene de todo menos propuestas serías. Nos ilustran no con actitudes ejemplares sino insultando a la política, tiñendo todo del mismo olor

como aquellos animales que hibernan observa pasivamente como estos personajes recrean las mismas fatídicas escenas.

Ni la educación, ni los libros, ni Internet, ni el saber popular, ni la democracia, ni los medios, ni la religión, han podido contra ella, que cada vez suma a más victimas, el número asume la forma exponencial.

Su versión más fastidiosa comienza en el organismo del individuo que la padece como un simple síntoma de “desinterés” para luego de un tiempo desencadenar en la horrorosa desidia”. Los escépticos postulan que nadie que la padezca conseguirá una cura total.

viernes, 27 de abril de 2007

Oda a la ignorancia:

Claves para salir de ella o conquistarla: Un llamado de atención en contra del desinterés por la “res- publica” para que siga existiendo.


Para escapar de la ignorancia, o para conquistarla, lo primero que debemos hacer es ensayar, más bien, intentar delinear un bosquejo de las fuerzas que se tejen en la compleja trama de intereses y factores de poder dentro y fuera de “la política” en nuestros días. En la actualidad, frases, como a mi “la política no me interesa”, “son todos iguales”, “yo no puedo cambiar” “ y que querés que le haga” y muchas, muchas más se propagan como el fuego con el viento. Todas estas palabras o frases con sus similitudes o diferencias pero en esencia significan lo mismo.

Por fuerte que nos pueda sonar o parecer, esta epidemia no distingue razas, credos ni educación, clases sociales, si quiera barreras generacionales. Ataca por igual con todos los síntomas a profesionales, comerciantes, profesores, empresarios, operarios, estudiantes ni siquiera los científicos…

Ni la educación, ni los libros, ni la Internet, ni el saber popular, ni la democracia, ni los medios, ni la religión, han podido contra ella. Sus victimas cada vez son más, el cálculo es exponencial.

Debemos reconocerlo al menos para imaginar una solución. Estamos frente a una epidemia de “ignorancia y desinterés” de difícil tratamiento. Su versión más fastidiosa comienza en el organismo del individuo que la padece como un simple síntoma de “desinterés” para luego de un tiempo desencadenar en la horrorosa desidia”. Nadie que la haya padecido ha podido librarse exitosamente, ningún tratamiento de responsabilidad cívica, ha conseguido transformar a ignorantes y vendepatrias en ciudadanos responsables y garantes de una democracia que funcione.

miércoles, 18 de abril de 2007

La Esquizofrenia Penal

Armando Benedetti Jimeno. Columnista de EL TIEMPO.

Lo que hay que ver antes de autorizar que se haga política desde las cárceles.

Las razones por las cuales un mismo gobierno puede autorizar a unos criminales que hagan política desde la cárcel y arrebatar los derechos políticos a los parientes de quienes resultan comprometidos en la llamada 'parapolitica' no son tan incomprensibles como se insinúan en primera lectura.

Olvidamos a conveniencia que el derecho penal es apenas eso y que, por lo tanto, no puede procurarnos la paz, ni la verdad, ni la reparación. En la mayoría de las oportunidades, tampoco la justicia. Foucault decía que el derecho penal nace "con los inocentes que agonizan al amanecer". O en los crímenes al alba.

Conocí el otro día un estupendo ensayo de Julio González Zapata, profesor de la Universidad de Antioquia dedicado a languidecer las enormes y desmedidas responsabilidades que se le otorgan a la ley en términos de paz, justicia, verdad y reparación con ocasión de la desmovilización de grupos de autodefensa. Demuestra González Zapata que el derecho penal es forzosamente desigual, selectivo y discriminatorio. Esto se materializa en atenuantes, agravantes, fueros, inmunidades, privilegios, tribunales especiales, instancias extraordinarias y tipos de prisión que dispone cada vez. El derecho penal no defiende todos los bienes que interesan a los ciudadanos. Al derecho penal no le interesa sino la verdad procesal, que es un simple remedo instrumental de la verdad esencial. Para un abogado solo existe lo que obra en el expediente. Por eso, pretender que de las confesiones de los victimarios (González advierte que en esa fe exagerada en la confesión hay un retorno a épocas premodernas) y de los procesos penales pueda surgir la verdad compleja y horrible de nuestras guerras es una ingenuidad. Y siempre una farsa.

Agrega González que la ley no es un instrumento de paz. Detrás de la ley arde la guerra, "hirviendo dentro de los mecanismos del poder". Las leyes de amnistía e indulto son de alguna manera antileyes: olvidan el delito o perdonan las penas. El escenario internacional ha arrebatado soberanía a Colombia, que maneja penalmente sus problemas con estándares extranjeros, generalmente concebidos para un derecho global homogéneo.

Las pruebas históricas de la anomia (dificultad para articular lógicas) de nuestro Estado y las instituciones penales es impresionante. La "Regeneración", conservadora, católica y autoritaria, escogió un código liberal iluminista. La "revolución en marcha" de López Pumarejo dictó un código penal positivista de indudable estirpe autoritaria. En 1980, el gobierno más enfático en la "Seguridad Nacional" de la guerra fría canceló nominalmente el "peligrosismo" de 1936. La esquizofrenia llega hasta nuestros días: la justicia restaurativa, útil para paliar delincuencias menores, aquí la utilizamos para masacres, desapariciones y desplazamientos forzados.

Negamos que exista un conflicto cuando se agrava. Negamos el delito político la víspera de cuando lo necesitaremos para una indulgencia que nos procure la paz. Invocamos el interés por las víctimas cuando endurecemos las penas, y precisamente para aquellos delitos (terrorismo, concierto para delinquir, secuestro, etc.) en que más incurren los grupos sediciosos y contrainsurgentes. Lo que no impide, por supuesto, que inventemos unas penas "alternativas" que hagan el esguince.

Nuestras guerras están lejos de terminar. La guerra subversiva es más verdad que nunca. La paramilitar tampoco agoniza. Las desmovilizaciones son masivas pero individuales. Hay quienes no se desmovilizan aún y quienes pretenden suceder a los criminales históricos. Estos últimos aspiran apenas a que un derecho penal indulgente les facilite un escenario menos agónico, rampante, premoderno e irreductiblemente delincuencial donde continuar sus andanzas. Habría que tener en cuenta todo esto antes de autorizar que se haga política desde las cárceles. Y antes de acuñar ilusiones sobre lo que les hará el derecho penal a nuestras pesadillas.

Armando Benedetti Jimeno

martes, 10 de abril de 2007

Polémica por la propuesta de crear un código que regule la actividad de los bloggers

ORIGINAL FUENTE DE CLARÍN DIGITAL FECHA 10/04/07

http://www.clarin.com/diario/2007/04/10/um/m-01397248.htm


NOTAS DE quien suscribe en azul

Dos expertos (si es que se puede llamar así) en Internet postularon siete normas para la publicación de bitácoras. Por ejemplo, "no digas en Internet lo que no te animas a decir cara a cara". (desde cuando vamos a tener un pelotudo que regule que cosa, siempre se presenta algún imbécil con delirio místico que quiere venir a trazar los limites desde la censura) También piden que el autor de un blog sea responsable no sólo de sus palabras sino también de los comentarios que dejan otras personas. Hay foros de discusión en los que se debate el proyecto.

Tendencias
Tim O'Reilly –una especie de gurú de los nuevos medios, defensor del software libre y quien acuñó la frase "Web 2.0"–(este muchacho después de defender el software libre y dedicarse a “currar” con esto, ahora quiere taparle la boca a la gente) tiró la primera piedra. Postuló siete normas para regular la actividad de los bloggers, como una manera de buscar el desarrollo "responsable" de la blogósfera, el conjunto de bitácoras que ya suman más de 72 millones en toda la Web.
Rápidamente O'Reilly tuvo el apoyo de Jimmy Wales, el fundador de la Wikipedia, y la polémica estalló en Internet entre quienes creen que está bien poner un límite y los que consideran que esta regulación coartaría la libertad de expresión, algo que muchos internautas consideran uno de los valores fundamentales de este tipo de medios digitales.
Los dos expertos proponen una página "wiki" como forma de discusión para discutir la conveniencia o no de crear el código para los bloggers.(Internet hoy es como una niña joven que no tiene mas de 11 años según parámetros con lo que se la mida, si eso fuese posible) La posibilidad de un código se discute desde los últimos días de marzo, pero el caso estalló a nivel global luego de la publicación de un artículo en The New York Times ayer, (que lindo ahora quieren regular desde los mismo medios la actividad de las personas, claro ahora ya no tienen el monopolio de decir la primera estupidez que se le venga en gana). Un blog de Clarín.com se refirió al tema ayer y también lo reproducen muchos medios online.


¿Cuáles son los "siete mandamientos" que se proponen?
1. Ser responsable de los comentarios que permites en tu blog, no sólo de tus propias palabras.
2. Etiquetar el nivel de tolerancia para comentarios abusivos.
3. Considerar la eliminación de todo comentario anónimo.
4. Evitar a los "trolls" (se llama así a las personas que dejan comentarios u otro tipo de participación que se limita a insultar, agredir o crear polémica).
5. Buscar la conversación fuera de Internet y hablar directamente o a través de un intermediario.
6. Denunciar (ante quien, como se regula la conducta humana, esta discusión tiene al menos 200 años y poco hemos conseguido al respecto) a aquellos conocidos que tengan un mal comportamiento.7. No decir en Internet lo que no se puede decir cara a cara. (que buen chiste , a mi me gustaría conocer al maestro iluminado dueño de esta frase, no debe ser terrenal, quizás pertenece a una nueva raza superior, jajaja no me tomen en serio, o mejor dicho tómenlo como lo dije, ya este señor también habría que censurarlo pero no por agresivo sino por PELOTUDO)